La imagen de una mujer no es un tema menor. Su atuendo comunica mensajes que hablarán por ella antes de que pronuncie palabra. Si además es presidenta de un país, ministra o primera dama, tiene sobre sí la mirada de todo el pueblo, y principalmente, de la oposición política.
Como si esto fuera poco, el protocolo pauta reglas para el aspecto en público de las funcionarias, particularmente en ceremonias. Tanta censura previa podría agobiarlas incluso antes de desear una prenda, si no fuera por dos cuestiones poderosas que llegan a ser más efectivas que la etiqueta: la vanidad y la moda.
Personalidades como María Teresa Fernández de la Vega (vicepresidenta del gobierno español), Cristina Fernández de Kirchner (presidenta argentina), Michelle Bachelet (mandataria chilena), Rosario Murillo (primera dama nicaragüense), Lina Moreno (primera dama colombiana) y Piedad Córdoba (senadora colombiana) fueron jóvenes en los años 60 y 70, décadas que instalaron a la juventud como etapa ideal para vestirse a la moda.
Podían optar entre minifaldas y minishorts, luego pantalones con pata de elefante, maxifaldas y un sexi estilo disco.
Pero el tiempo pasa, la silueta cambia y, fundamentalmente, el papel a desempeñar. Hoy rondan los cincuenta y pico de años y gobiernan países o contribuyen decisivamente a ello. Por eso deben adecuar su aspecto al nuevo papel, aunque algunas se resistan un poco.
Sus estilos
Fernández de Kirchner, por ejemplo, sigue usando un maquillaje muy fuerte, propio de los años 80 y no del minimalismo actual. “Creo que nací maquillada”, dijo en una ocasión. Por su parte, la cabeza de la española De la Vega tiene un “look” punk apenas sale de la peluquería, porque el corte desmechado le deja el cabello parado.
Mientras ejercen su cargo, son constante centro de miradas, para bien o para mal. Si lucen elegantes y bellas en una gala, a la mañana siguiente se hablará de ello en la radio.
Si visten prendas excéntricas al dar un discurso, los ciudadanos desplazarán su atención del contenido a la imagen.
Ésta a veces “dice” cosas que la funcionaria no pretendió transmitir, como ostentar riqueza o un espíritu bohemio a través de joyas y bijouterie, una aburrida discreción con trajes de dos piezas exentos de diseño, una pasión por el juego cromático, un gusto demasiado marcado por la ropa de marcas famosas: por motivos tan difusos como el “buen gusto”, el público jamás es indiferente al vestuario de una mandataria.
Por su adoración colorista, la vicepresidenta del Gobierno de España bien podría ser la funcionaria fetiche de la diseñadora top española Agatha Ruiz de la Prada. Apuesta por los colores vivos en la chaqueta -su favorito parece ser el rosa, porque recorre todos sus tonos: chicle, fucsia, hasta rosa Dior- y diversifica cuellos y solapas de esta prenda.
Cuando no luce una gargantilla, cubre su escote con jerseys de cuello vuelto.
Fiel y modesta
Michelle Bachelet es excesivamente fiel a los tailleurs monocromo, de falda recta a la pantorrilla y sastrería exacta. Eso sí: cuando se reúne con mandatarios extranjeros, realza el aspecto del tailleur con telas levemente sedificadas y de brillo tenue.
Pero aunque sea muy sobria y casi sólo use trajes, los tiene en todos los colores. Si bien al igual que otras mandatarias eligió el blanco al asumir el cargo -ya que histórica y simbólicamente es un color vinculado al poder y la monarquía-, se anima con tonos pastel del durazno al esmeralda, al intenso rojo fuego, azules y el gris metalizado.
Hay accesorios que se transforman en objetos de culto, como el reloj de oro de marca de la presidenta argentina, y los turbantes de Piedad Córdoba. La senadora opositora colombiana es la única política en Occidente que siempre luce un turbante en público -lo cual la distingue ya antes de pronunciarse-, que combina cromáticamente con la prenda superior, camisas o blusones.
De esta manera, su rostro pasa a ser el área de su cuerpo que más concentra las miradas porque queda totalmente despejado, algo que según asesores de imagen le suma una apariencia transparente en su papel como interlocutora en temas de paz. Igual de eternos que los turbantes son sus aros, perlones o los alargados “chandelier”.
Las perlas grandes también son un accesorio permanente de la primera dama de Colombia, Lina Moreno. Con un estilo discreto, su otra constante son el blanco y el negro, de a uno por vez.
En ocasiones festivas o en apariciones televisivas ha elegido el emblemático “little black dress” (pequeño vestido negro), una prenda que Coco Chanel catapultó como un infaltable del vestuario femenino.
Los accesorios son esenciales en el aspecto de la primera dama de Nicaragua, Rosario Murillo, que “cogobierna” con su esposo Daniel Ortega.
Usa hasta 10 anillos a la vez, y los acompaña de pulseras, brazaletes y collares hechos con piedras preciosas, así como materiales nobles pero menos costosos.
Dado que en los actos públicos suele elevar un brazo en señal de aliento y victoria, todos estos accesorios se visualizan profusamente y ganan espacio en su imagen, así como en lo que se comenta al respecto.
Una de las más “fashion” en su vestuario es la presidenta argentina: no deja nada librado al azar, incorpora tendencias de la moda y destaca cada área de su imagen, desde el flequillo hasta los zapatos de tacón.
Usa tailleurs en telas de alta gama como brocato y tejidos con hilos dorados. Bajo las chaquetas asoman blusas sedificadas, en raso o estampadas, y combina la ropa con el calzado y carteras de marcas mundialmente famosas.
Vuitton es una de sus favoritas, y no habría que descartar que esa marca la contacte tras su gestión política para modelar en una campaña, tal como hiciera hace dos años y medio el ruso Mijail Gorbachov.
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